martes, 10 de marzo de 2026


Hace tiempo perdí la fe en los hombres.
Dejé de esperar de ellos incluso la más mínima cosa.

A veces nuestras pasiones hablan por nosotros,
pero en sus labios suele quedar
un tenue sabor a mentira,
como si aún conservaran las migajas
de la última que pronunciaron.

Son como esos restaurantes lujosos
donde cada bocado promete el cielo
y termina sabiendo a decepción.
No pagas por el alimento,
pagas por la presentación,
por el espectáculo del plato
cuando llega a la mesa.

Quizá pensé que eso serías tú:
solo un espectáculo.

Dos bocados
y después el inevitable sabor
de la decepción.

Tal vez por eso acepté la invitación a tu mesa
con la tranquilidad de quien ya conoce el engaño:
ir solo por el entretenimiento,
por la ilusión breve.

Pero entonces llegó el primer platillo,
un beso.

Y algo cambió.

Ese primer sabor
despertó en mí el deseo de probar el siguiente,
de conocer aquello que había detrás
de la cocina de tu ser.

A mi paladar
tu presencia dejó de ser espectáculo
y se volvió descubrimiento.

Y así decidí quedarme
a esperar el postre,

a descubrir el sabor final
de aquello que comenzó entre nosotros,

aunque todavía
no sepamos
si algún día
tendrá nombre.

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  “Todo lo que vemos o parecemos es solo un sueño dentro de un sueño.” - Edgar Allan Poe, Un sueño dentro de un sueño