Te vi cuando necesitabas fuego para encender un cigarro,
pero te conocí cuando encendiste una flama en mi interior.
Aún no descifro qué fue:
si tu estilo,
si tu manera de hablar,
o quizá esos tatuajes que no alcancé a comprender.
Tal vez fue el conjunto de todo aquello
lo que reanimó mi encendedor,
que yacía como esos encendedores gastados
que, por más insistencia, apenas logran una chispa
y nunca la llama suficiente
para prender el cigarro
que espera, impaciente, entre unos labios.
Esa noche
yo fui ese cigarro.
Apenas pude, me encontré en los tuyos,
consumiéndome lentamente.
Y aunque fui yo quien primero te prestó el encendedor,
fuiste tú quien terminó por encenderme.
Fui el único cigarro que duró toda la noche,
cuando las cajetillas ya estaban vacías
y las colillas se acumulaban por doquier.
Y aun así,
seguí prestándome a tu fuego,
porque no deseaba otra cosa
que permanecer entre tus labios.
En la noche abierta,
donde la única luz
eran las estrellas,
los cigarros encendidos
y el brillo obstinado
de nuestros ojos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario