Un cigarro bastó
para calmar la primera punzada del dolor.
Abrí una nueva cajetilla de cigarros de clavo,
de esas que solo se reservan para momentos raros,
porque ese sabor —mentolado , oscuro, inolvidable—
no se presta a lo cotidiano.
La compré pensando en ti.
Desde ese momento te la dediqué.
Cuando rompí el celofán
y el aroma denso escapó,
supe que esa noche
sería para recordarte.
Los primeros dos
los fumé desde la empatía:
intentando entender
qué temblaba en tu pecho
para despedirte con una carta
teniendo mi voz
a tan poca distancia.
Palabras escritas
que querían explicar
y solo dejaron más silencio.
Los tres siguientes
me hicieron dudar de la realidad.
¿Por qué sentí esa conexión
entre tú y yo?
Una que todavía
no sé nombrar.
Por primera vez
no sentí miedo
de eso desconocido
que llaman enamorarse.
No huí
como suelen hacerlo los cobardes.
Me quedé.
Preferí vivir el misterio
sin saber
en qué puerto terminaría esta historia.
En cada calada
tus palabras regresaban,
y en el fondo de mi pecho
las preguntas crecían.
Cuatro más
y mi corazón encontró
una paz extraña.
Como si por un momento
se hubiera detenido.
Respirar volvió a ser fácil
incluso con el corazón
partido en dos.
Quizá era el destino
susurrándome algo al oído.
Los cinco siguientes
me hicieron añicos.
Porque siempre es lo mismo:
aunque cambien los rostros,
aunque cambie el escenario,
la obra termina siendo tragedia.
Dos corazones
que juntos no quedarán,
no por falta de amor,
sino por miedo.
Porque uno aún no está listo.
Y yo…
¿qué puedo hacer?
Las heridas de otro corazón
no puedo curarlas,
y esperar demasiado
también termina por romper el mío.
Quise detenerme.
Pero quedaban seis.
Los últimos seis
te los dediqué
entre lágrimas negras
que el maquillaje dejó caer.
Sin odio.
Sin rencor.
Solo con la tristeza serena
de lo que no pudo ser.
Seis exactos.
Uno por cada día
en que mi corazón
se aceleró al escuchar tu voz.
Una cajetilla de veinte
cigarros de clavo
se consumió en mis labios.
Pero entre el humo
y el silencio de la madrugada
mi corazón, lentamente,
empezó a sanar.
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