Empezó la tormenta, rugió el cielo, mi pecho ardía, temblaba el suelo. Los rayos pintaron mi habitación, la lámpara rota por mi explosión. Grité tan fuerte que el viento giró, la lluvia en mi cara también lloró. La euforia danzaba sobre mi piel, sentí que la vida volvía a ser fiel. Dentro y fuera, todo estallaba, mi alma desnuda se liberaba. No fue miedo, fue redención, la furia encendida, mi resurrección. Y entre relámpagos entendí mi suerte: la tormenta no mata… me recuerda que sigo más viva que la muerte.
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