Mi papá nunca me ha dicho que me ama. Y ese silencio pesa más que cualquier palabra. Es un eco que se mete en mis huesos, un invierno que no termina, una herida que aprendí a llamar costumbre. He buscado ese “te amo” en otros labios, como quien cava en la arena esperando encontrar raíces. Y cada vez que alguien me dice “te quiero”, una parte de mí no les cree, porque su voz no suena como la suya, porque su voz nunca lo dijo. Quizás por eso abrazo tan fuerte, porque nadie me enseñó que el amor no se escapa. Quizás por eso busco refugio en brazos que no saben quedarse. Mi padre construyó su cariño en silencios, en gestos torpes, en miradas que nunca terminaban de hablar. Y yo aprendí a leerlo como si fuera un idioma antiguo, descifrando cada respiración, cada “cuídate” que sonaba a “te quiero” pero nunca lo fue del todo. He crecido entre palabras que no nacieron, y amores que se parecen a la ausencia. Y cuando me miro al espejo, a veces me pregunto si sabría reconocer el amor si alguna vez me hablara sin miedo. Mi papá nunca me ha dicho que me ama, y sin embargo, toda mi vida he querido escuchar su voz rompiendo ese silencio, como el sol rompiendo una tormenta.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario