Una vez, en la torre más alta de un castillo cubierto de hiedra y luz de luna, donde una rana guardaba en silencio los secretos de los estanques y un conejo con trompeta recorría los pasillos anunciando con su música las llegadas y despedidas del corazón, vivía una princesa hecha de esperanza antigua, de esas que miran el horizonte creyendo todavía en la promesa de un príncipe bueno, noble y verdadero, aunque cada vez que el puente levadizo descendía y alguien cruzaba sus puertas con sonrisa de cuento y palabras suaves, el hechizo duraba apenas lo suficiente para revelar que no era amor lo que traía entre las manos, sino una forma distinta de herida, de modo que el castillo fue aprendiendo, junto con sus muros, sus sirvientes y sus campanas, que a veces la pena más grande no es esperar demasiado, sino descubrir que muchos llegan vestidos de destino cuando en realidad sólo son otra desgracia con modales de príncipe.
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